Se cuenta que un señor, por
ignorancia o malicia, dejó al morir el siguiente testamento sin signos de
puntuación: «Dejo mis bienes a
mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta al
sastre nunca de ningún modo para los jesuitas todo lo dicho es mi deseo».
El juez encargado de resolver el
testamento reunió a los posibles herederos, es decir, al sobrino Juan, al
hermano Luis, al sastre y a los jesuitas y les entregó una copia del confuso
testamento con objeto de que le ayudaran a resolver el dilema. Al día siguiente
cada heredero aportó al juez una copia del testamento con signos de puntuación.
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